Niños pescando

Este artículo: “Situación, formas de existir y psicoterapia. La Terapia Gestalt como modos de equilibrar la situación”, escrito por Paco Giner, psicólogo y psicoterapeuta Gestalt, apareció en la revista Figura-Fondo número 47, en mayo de 2020. Y su segunda parte, “Salida del hábito, consciencia reflexiva y psicoterapia. La Terapia Gestalt como modos de equilibrar la situación”, se publicó en el número 49 de la misma revista en mayo de 2021.

Por su estilo algo denso y su específico vocabulario, a diferencia de otros artículos o vídeos que aparecen en nuestra página, de carácter más divulgativo, este es una artículo más bien destinado a personas ya versadas en Terapia Gestalt, interesadas en ampliar y profundizar su punto de vista. Deseo que os guste.

Resumen

En este artículo entendemos situación como la totalidad conformada por un organismo, su entorno y las interacciones entre ambos. Los distintos modos de equilibrar la situación son nuestras distintas formas de existir. Estas formas de existir pueden ser conscientes, a las que llamamos experiencias, o pueden ser no conscientes. En psicoterapia, las desregulaciones del paciente forman parte de la situación del psicoterapeuta. Y la tarea del psicoterapeuta consiste en regular su propia situación.

Palabras clave. Situación, formas de existir, experiencias, regulación de la situación, self, Terapia Gestalt, psicoterapia de la situación.

1. Situación

Nuestra vida puede ser vista como una continua sucesión y superposición de formas muy variadas de estar y existir en el mundo. La base de la que partimos es que todas nuestras distintas vivencias y formas de existir, son procesos que tratan de equilibrar la situación a la que pertenecemos y de la que formamos parte, son distintos modos de equilibrarla.

Entendemos situación como la totalidad conformada por un organismo, su entorno y las interacciones entre ambos. Toda situación tratará de autorregularse en busca de su propio equilibrio. El entorno son los objetos, sucesos o condiciones que afectan al organismo y/o son afectados por él. Cada persona, como seres conscientes, surgimos de una situación, somos creados y movilizados por ella y en ella, por las fuerzas reguladoras que tratan de equilibrarla. Somos, de hecho, parte de esas fuerzas. Nuestras experiencias son regulaciones de la situación, la parte consciente de las regulaciones. Digo parte puesto no todas las formas de equilibrar la situación son conscientes. Por lo que podemos decir que somos creados por una situación que, a su vez, estamos creando.

Cada persona en cada momento está inmersa en su situación particular. Y aunque en la situación de una persona se puedan encontrar otras personas, las situaciones de éstas últimas no van a coincidir con la de aquella, ya que cada una va a tener sus particularidades, sus propios aprendizajes, cuerpo físico, deseos, pensamientos, etc. Mi situación nunca va a ser la de ningún otro. Así, siempre nos referiremos a la situación de alguien. Toda situación, desde el punto de vista psicológico, se organiza en torno a dos polos, un organismo y su entorno. Por lo que no hay, en mi opinión, algo así como una situación común a dos organismos.

También ocurre que, en un mismo momento, en una persona, van a coexistir varias situaciones simultáneamente. Imaginemos que ayer tuve una pequeña discusión con mi hijo que me ha dejado intranquilo, que desde hace unos días me duele una muela de vez en cuando, y que ahora me acabo de encontrar por la calle con un conocido que no veo hace tiempo. Estos tres procesos son tres desequilibrios de tres situaciones que están presentes en mi vida al mismo tiempo. Uno será figura mientras otros permanecen en el fondo, aunque siempre mantendrán cierta interrelación y serán interdependientes entre ellos. Por ejemplo, la preocupación respecto a la discusión con mi hijo va a estar presente, de alguna manera, en mi forma de expresar y de sentir, mientras estoy hablando con la persona que me acabo de encontrar. A su vez, en cada situación, diferentes modos de equilibrar la situación, ya sean experiencias u otras formas de existir no experimentadas que permanecen en el fondo, estarán activas a la vez, con más o menos consciencia y más o menos intensidad. Así, si esa persona que me he encontrado me comenta algo que me sorprende, la aceleración del ritmo de los latidos de mi corazón, mi forma habitual de moverme, una imagen mental que me pueda surgir o el deseo de saber más sobre el tema, podrán cohabitar en mi existencia al mismo tiempo en la misma situación. Por tanto, al referirnos a alguna situación, tendremos siempre que, por así decir, ponerle nombre y apellido, y, por ejemplo, hablar de mi situación familiar o de su situación laboral.

Desde una perspectiva espacial, una situación incluye todos los elementos que están movilizados, ya sea equilibrándola o desequilibrándola, o que simplemente impacten de alguna manera. Y desde una temporal, una situación es una sucesión de acontecimientos que engloba desde que algún desequilibrio se produce hasta que éste desaparece y la situación se regula de nuevo. También incluye aquellos elementos presentes psicológicamente, aunque ya no lo estén físicamente. Por ejemplo, si mi padre fue muy estricto conmigo en mi infancia, hasta el punto que a día de hoy, a la hora de tomar ciertas decisiones, siento un temor inespecífico a ser castigado, podemos incluir esta figura parental potencialmente castigadora, aunque ahora en forma de hábito, en mi situación actual. Así, pertenece a mi situación actual cualquier aspecto físico o psicológico que influya en su equilibrio, sea o no consciente de él, esté actualmente explícitamente presente o no, y sin importar la distancia a la que se encuentre.

Podríamos imaginarnos elaborando el mapa de la situación de cualquier persona en cualquier momento, donde incluiríamos todos los elementos que pertenecen a esa situación y las múltiples fuerzas interconectadas que están actuando entre éstos, un mapa que sería dinámico y multidimensional. Si fuéramos capaces de hacer esto, algo fuera de nuestro alcance por su complejidad e imposibilidad de aprehender la situación en su totalidad, podríamos entender las experiencias vividas por esa persona, e incluso predecirlas en muchos casos. Pero, dentro de las limitaciones de nuestras posibilidades, sí que podemos hacer mapas situacionales con aquellos elementos que conocemos y que creemos relevantes, lo que nos podría ayudar a comprender y a experimentar más ampliamente lo que está ocurriendo.

Si, por ejemplo, me pincho con la espina de una rosa, mi situación está conformada por la espina, la rotura en mi piel y sus consecuencias físicas, mi reacción de apartar la mano, mi dolor, quizá mi enfado o la frustración de no poder continuar mi camino, mi decisión de ir a lavármela, mis comentarios de lo sucedido a alguien, mi precaución en situaciones venideras al acercarme a otra rosa, mis sueños nocturnos relacionados con el suceso… Cada uno de estos eventos y elementos tiene una función regulatoria. En cuanto al sentido de cada uno de estos procesos, podríamos hipotetizar que el apartar la mano es una reacción innata de nuestro organismo en busca de su equilibrio físico, o que el contar lo sucedido estrecha nuestros lazos sociales, a la vez que aligera la tensión que he sentido en el momento del pinchazo. Dónde y cuándo comienza y termina la situación, sus implicaciones, y cómo entenderla, dependerá del interés que nos mueva en cada momento.

En este proceso regulatorio, el surgimiento de la consciencia aparece cuando la regulación automática de la situación no es capaz de alcanzar el equilibrio, debido a la presencia de elementos novedosos que son necesarios incluir para para alcanzar tal equilibrio. Así, cuando los procesos regulatorios sin consciencia, los ajustes conservadores, tanto físicos como habituales, no pueden hacer frente a la novedad, surge el self, el creador de figuras a partir del fondo disponible. El self emerge así de una situación que ya se encontraba en proceso de regulación Surge de la interacción organismo/entorno en momentos de dificultad y posee la capacidad de modificar la situación misma de la que emerge. La consciencia son procesos capaces de lidiar con estas nuevas complejidades, a través de la realización de ajustes creativos, con la intencionalidad de devolver el equilibrio a la situación. Por tanto, a nivel psicológico, cada pensamiento, sensación, acción, sentimiento o deseo que experimentemos, lo vamos a entender como parte de los movimientos regulatorios de la situación. Lo psicológico es aquella parte de la interacción organismo/entorno en busca de equilibrio, de la que somos conscientes.

Gran parte de nuestras situaciones incluyen aspectos de las situaciones de otros. Si alguien es importante para nosotros, aspectos de su situación estarán formando parte de nuestra situación, como parte importante de nuestro entorno, aunque van a ser vividos de manera distinta. Por lo que algunas alteraciones de su situación, van a ser, a su vez, alteraciones en la nuestra. Si, por ejemplo, hemos perdido a un ser querido, vamos a experimentar desequilibrios, formas de existir, procesos en busca de un nuevo equilibrio. Cuando estemos en presencia de algún otro para el que somos importantes y, por lo tanto, formamos parte de su situación, este otro sentirá ciertas sensaciones corporales, cierto interés por nuestro estado, quizá un deseo de acercarse, o puede que se acerque y trate de consolarnos. Aquí, nuestra visión no es que mi tristeza provoca reacciones de consuelo o ternura en el otro, lo que podríamos llamar empatía desde una visión individualista. Sino que, como algunas partes de mi situación pertenecen a la situación del otro, como parte de su entorno, las desregulaciones de mi situación son desregulaciones en su situación. Así, su interés, su deseo de acercarse y su consuelo, son las partes conscientes de la desregulación de su situación en busca de equilibrio. Este es el principio del que partiremos cuando abordemos la psicoterapia al final del artículo. Si la situación de un organismo incluye desregulaciones de otra situación, la situación del primero se desregulará.

Y esto es así, aunque la persona a la que atribuimos la tristeza no lo sienta, porque la mantenga bloqueada y fuera de la consciencia. El hecho de que una desregulación no sea experimentada por la persona, no implica que no exista. Si mi situación está en equilibrio y me acerco a una persona de la que podemos decir que está triste, aunque ella no sea consciente de que lo está o yo tampoco pueda explicitar cómo, mis sensaciones corporales, así como mis deseos, pensamientos o manera de comportarme en ese momento, surgirán como intentos de equilibrar mi situación, ahora desregulada. Estos intentos de regularla me preceden como persona o ser individual. Mi consciencia emerge de estos procesos regulatorios. Me crean a la vez que soy parte activa en este proceso, ya que yo mismo soy un proceso que regula la situación.

Desde este punto de vista, la vida psíquica no es individual, sino situacional. Mantener que una experiencia surge, se mantiene o regresa al equilibrio en un individuo aislado, es un acto violento, ya que exige mutilar la continuidad de un proceso, e impide su comprensión, puesto que sería como tratar de entender la órbita de la Tierra sin tener en cuenta al Sol.

Nuestros cuerpos se movilizan, queramos o no, seamos conscientes de ello o no, por la presencia de un otro desregulado. Es su forma natural de funcionar, producto de una larga evolución filogenética, y muy probablemente una característica que nos ha permitido sobrevivir como especie. Es, por así decir, el pegamento entre las personas y lo que nos conforma como seres sociales. El hecho de que, por ejemplo, si alguien sufre un accidente junto a mí, mi situación se desregule, y mi existencia y mis experiencias sean un intento de regularla de nuevo, ya sea tratando de ayudarla o girando la mirada, es nuestro modo básico e inevitable de funcionar en el plano interpersonal y social. Para concluir este apartado me gustaría explicitar que la base teórica principal en la que se basa el contenido de este artículo, podría ser representada como una mesa con cuatro patas. En primer lugar, obviamente, se encuentra en el libro comúnmente llamado PHG (Perls, F. S., Hefferline, R. F. & Goodman, P. (1951). Terapia Gestalt: Excitación y crecimiento de la personalidad humana), sobre todo en lo relativo a los distintos tipos de funcionamiento del self, que se corresponden casi en su totalidad con las formas de existir que a continuación veremos. También me apoyo en gran medida en otros tres autores que para mí son esenciales en mi manera de entender la psicoterapia, como en ocasiones va a resultar obvio al lector, y que han abierto caminos nuevos y sorprendentes en nuestra querida Terapia Gestalt, como son Jean-Marie Robine, Georges Wollants y Gianni Francesseti. Desde aquí les expreso mi agradecimiento por nutrir mi ilusión y por ayudarme a ampliar horizontes.

2. Formas de existir

A continuación, vamos a describir y clasificar nuestras distintas formas de existir, conscientes y no conscientes, que son, como ya hemos dicho, modos de regular la situación desequilibrada en la que nos encontramos. Varios modos de equilibrar la situación van a estar activos simultáneamente en cierto momento, mientras que otros pueden no estarlo.

Por otra parte, los que sí están activos, guardarán una relación figura/fondo entre ellos. Esto es, cuando en cierto momento determinado tipo de experiencia sea vivida de manera consciente, es decir, sea figura para nosotros, otras formas de experimentar se mantendrán activas en el fondo, de manera más o menos oculta para nosotros, sustentando a aquella primera. Y cuando la que es figura se integre en el fondo, alguna nueva figura surgirá de éste para sustituirla como figura de nuestra experiencia.

El propósito de esta clasificación es meramente práctico, no pretende ser algo exhaustivo ni cerrado. Por otra parte, la realidad psíquica no está compartimentada como aquí se expone, por lo que no hay que considerar estas formas de existir como separadas, sino formando una continuidad. El parcelarlas nos sirve para nombrarlas y analizarlas, y nos puede proporcionar una herramienta útil para trabajar en psicoterapia.

La ordenación de estas formas de existir o modos de equilibrar la situación, tal como aparecen a continuación, sigue la lógica del ideal del proceso de contacto que se detalla en el PHG.

2.1. Clasificación de las formas de existir

2.1.1. Forma de existir 1: Procesos físicos

El universo es una totalidad formada por una combinación de materia y energía en constante interacción, transformación y movimiento, que, de alguna manera, se autorregula, a no ser que creamos en algún regulador externo, como puede ser Dios u otro Ser superior. Pero aquí no tomaremos en cuenta esta posibilidad. Para nuestro propósito nos centraremos en el momento en el que, en este universo, se forma un organismo vivo.

Una vez aparece un organismo, ya podemos definir su entorno como lo que lo rodea, sustenta, contiene, y gracias al que se mantiene con vida, debido a las constantes interacciones e intercambios entre ambos. Es aquí donde situamos nuestra primera forma de existir, que corresponde a los procesos físicos, esto es, la materia y energía, el funcionamiento físico, químico, biológico y fisiológico que ocurren en las interacciones entre el organismo y su entorno. Por ejemplo, en el organismo podríamos situar nuestra masa corporal, en el entorno, la masa terrestre, y en la interacción, la gravedad atrayéndola hacia el suelo; en el organismo, el sistema digestivo, en el entorno, una manzana, y en la interacción, el proceso de digerirla transformando sus nutrientes en materia y energía asimilables; o en el organismo, la temperatura corporal, en el entorno, la temperatura ambiental, y en la interacción, el proceso de termorregulación. Estos procesos posibilitan que el organismo biológico se conserve y se desarrolle, o que tenga que realizar reajustes fisiológicos no integrados, con aquellos materiales o procesos que no han logrado armonizarse con el resto del funcionamiento orgánico.

Esta forma de existir es enteramente no consciente, es decir, es un modo de equilibrar la situación que no forma parte de lo que podemos experimentar, que no pertenece todavía al dominio del self. El hecho de sentir el calor corporal, de masticar una manzana o de sentir nuestro peso, serían ya experiencias, que no pertenecen, por tanto, a esta forma de existir, sino a formas de experimentar, que ya veremos más adelante. En ésta nos referimos a lo exclusivamente físico, a lo material-energético, siempre carente de consciencia.

Es un funcionamiento potencialmente activo desde antes de nuestro nacimiento, que se va a ir desarrollando, o no, y transformando, debido a las condiciones situacionales, a nuestra manera de vivir o de relacionarnos.

Esta forma de existencia es nuestro sostén y nuestro apoyo más básico, permaneciendo siempre activo y siempre en el fondo. Sin esta regulación no habría posibilidad de que surgieran las siguientes formas que ahora veremos. Desde este punto de vista, sin cuerpo físico en interacción con su entorno, no hay posibilidad de que surja lo psicológico, o también, sin cuerpo no hay posibilidad de alma.

Abriré un pequeño paréntesis para apuntar que, al menos desde un punto de vista fenomenológico, al organismo, al entorno y a sus interrelaciones no conscientes, no les podemos otorgar carácter de realidad, ya que de lo único de lo que podemos tener certeza de existencia es de las experiencias, de la consciencia de algo, ya sean sensaciones, deseos, emociones o pensamientos. Pero damos por hecho en nuestro día a día que existe “objetivamente” un organismo y un entorno, y también lo haremos en este artículo, al menos por la utilidad didáctica que nos ofrece. Aunque si nos movemos en un pensamiento riguroso, tendríamos que adoptar el punto de vista fenomenológico, en este artículo, estamos utilizando un posicionamiento positivista. Por tanto, decimos que existe un organismo, un entorno, y que, a partir de sus interrelaciones, surge una consciencia capaz de contribuir a la regulación de la situación de la que emerge. El positivismo tiene la ventaja de proporcionarnos una visión y un lenguaje desde la pretendida perspectiva de un observador al margen de la experiencia, lo que nos aporta una vista de pájaro que posibilita, paradójicamente, comprender la experiencia. Aunque también nos plantea una gran cuestión irresoluble, ¿cómo puede surgir del mundo de lo físico algo tan cualitativamente distinto de lo físico, como es la consciencia? La fenomenología, en cambio, no nos aboca a tal cuestión. Ya el PHG, como bien ha resaltado Ken Winter (Winter, K., 1967), y a partir de ahí la mayoría de literatura gestáltica, va saltando, entre tres perspectivas, la experiencial, que sería la fenomenológica, la del observador y la de la autobservación, estas dos últimas tratan de “salirse” de la experiencia y mirarla “desde fuera”. Teniendo esto en cuenta, en cada momento vamos a poder elegir la mirada que más se adecúe a nuestras circunstancias, a nuestro deseo y a nuestro propósito.

2.1.2. Forma de existir 2: Hábitos

Una segunda forma de existir comprendería lo aprendido, nuestra manera habitual de comportarnos, de relacionarnos o de pensar. Es un funcionamiento automatizado en la interacción organismo/entorno. Aunque en la situación esté accesible la novedad, percibimos nuestro entorno y actuamos sin tenerla en cuenta, según lo ya conocido, desenvolviéndonos siguiendo hábitos que aprendimos como resultado de los ajustes creativos realizados en situaciones vividas previamente. Un modo de equilibrar la situación en la que nos mantenemos dentro de los límites de lo conocido, en el ámbito de lo rutinario, donde no hay contacto con la novedad y nada nuevo se produce.

Podríamos asemejarlo a un suelo que nos sustenta con un área determinada (que sería lo aprendido, lo ya recorrido), aportándonos las condiciones de posibilidad, lo que podemos hacer y lo que no. Con los hábitos pisamos firmemente, al permitirnos equilibrar ciertas situaciones sin incertidumbre ni dudas. Más allá de esta área se encuentra lo desconocido. Cuando nos acercamos a sus límites, ya que las fuerzas regulatorias de algunas situaciones nos muevan a salir de esta zona, podemos comenzar a sentir cierta ansiedad. Dependerá de algunos factores, como la intensidad de esta ansiedad, la intensidad de las fuerzas regulatorias, los apoyos percibidos o la confianza en la situación, el que surjan las siguientes formas de existencia que iremos viendo a continuación, abriéndonos a la novedad, o que nos quedemos en el mundo de lo habitual.

Las situaciones que vivimos con nuestros cuidadores en nuestros primeros meses y años de vida, conformarán hábitos muy importantes. Por ejemplo, si las respuestas de mi madre a ciertos estados emocionales míos, no eran suficientemente eficaces para que mi situación se equilibrara, se crearán hábitos distintos en la manera de experimentar esos estados, muy distintos a si sus respuestas hubieran conseguido su objetivo. Y sobre estos hábitos primigenios se irán asentando mis experiencias posteriores, y, por tanto, mis futuros aprendizajes y hábitos. Y mientras no ocurra nada que los altere, van a continuar así, sustentando las experiencias novedosas venideras, con las limitaciones y los recursos que éstos brindan.

Esta modalidad nos ofrece la posibilidad de desenvolvernos en el día a día sin necesidad de invertir demasiada energía, que así podemos destinar a los siguientes modos de existencia. Sin hábitos, todo sería vivido como por primera vez, lo que nos impediría cualquier avance. Por lo que son el sustrato imprescindible de cualquier experiencia mínimamente compleja.

A no ser que las fuerzas regulatorias impongan inevitablemente la aparición de novedad o que realicemos un esfuerzo consciente en atender lo no conocido, los hábitos van a imponerse automáticamente a la aparición de cualquier elemento novedoso. Durante la mayor parte de nuestra existencia vivimos según los patrones ya conocidos, apartando de una manera no consciente lo diferente. Ya que los hábitos son suficientes para regular, aunque muchas veces de manera deficiente, la mayoría de las situaciones diarias. Actuando sin decidir, opinando sin dudar, sin sentir nada nuevo ni interesarnos realmente por el otro, vamos funcionando normalmente, tal como estamos acostumbrados.

Vamos a diferenciar dos formas que pertenecen a nuestro funcionamiento habitual, la función personalidad y la inhibición reprimida o represión. La personalidad está conformada por nuestros conocimientos, tanto procedimentales como teóricos, nuestras creencias, maneras de comportarnos socialmente, la imagen que hemos construido de nosotros mismos y del mundo, los condicionamientos que hemos ido adquiriendo a lo largo de nuestra historia, las normas, valores, guiones de vida, lenguaje, lealtades, respuestas aprendidas, respuestas reactivas, maneras de relacionarnos… cristalizadas, que hemos ido adquiriendo a través de vivencias en nuestros contextos cultural, relacional, histórico y familiar. Hay formas de la función personalidad que podrán ser explicitados, esto es, que son accesibles a la consciencia, mientras que otras van a permanecer siempre implícitos, sin posibilidad de volverse conscientes. Hay contenidos y procedimientos que hemos aprendido tras haber experimentado procesos de contacto, mientras que otros los hemos adquirido de manera subliminar, sin darnos cuenta de ello.

La inhibición reprimida es la forma de detener de manera no consciente aquellas fuerzas situacionales, tanto del lado del organismo como del entorno, que nos llevan hacia una novedad que prevemos que nos conducirá a vivir una ansiedad no asumible. En el pasado, el yo, nuestra capacidad de decidir y actuar deliberadamente, detuvo las fuerzas regulatorias en una situación en la que esta detención era la mejor opción, quedándose dicha situación detenida y desregulada. Así, apartó de la experiencia posible aquellos procesos regulatorios que generaban miedo, bloqueando las fuerzas provenientes del entorno, frustración, bloqueando las fuerzas provenientes del organismo, o una combinación de ambas, insostenible. Si se mantuvo una de estas situaciones de manera prolongada, el acto de apartar la novedad ansiógena, al producirse de manera repetitiva, se hizo habitual, por lo que pasó a formar parte de los hábitos. El yo deliberado se convirtió en yo no consciente, en inhibición reprimida (inhibición en cuanto que inhibe o detiene las fuerzas situacionales, y reprimida en cuanto que está olvidada, un funcionamiento que permanece en el fondo sin acceso a la consciencia), el ajuste creativo en ajuste conservador, y la situación se quedó congelada como situación inacabada. Cuando, más adelante, alguna nueva situación se vivencia como similar en algunas de sus características a aquella situación, este hábito se activa, deteniendo, mediante alguno de los llamados mecanismos neuróticos, las fuerzas novedosas de la situación, manteniéndonos en lo conocido, para que la ansiedad no se manifieste. Este desequilibrio petrificado o situación inacabada, seguirá tratando de equilibrarse de por vida, de manera poco o nada consciente. Esto sucede porque un desequilibrio supone fuerzas en movimiento que tratan de equilibrar la situación. Y el hecho de que haya otra fuerza que las detenga, la inhibición reprimida, no las hace desaparecer, solo las mantiene detenidas y apartadas del primer plano de la consciencia. Es por ello que siempre estarán activas tratando de regular la situación cuando ésta se vuelva a producir. Pero estos intentos, al permanecer en el fondo, no serán capaces de regular la situación y van a resultar infructuosos. Dos fuerzas antagónicas que, en los momentos en que se acercan a la consciencia, se vivencian como ansiedad. Para evitar la ansiedad, la represión se reforzará en estos momentos y hará esfuerzos extra, las formaciones reactivas, que impedirán sentir la excitación creativa emergente, experimentándose una falsa sensación de seguridad.

El hábito represivo puede tomar el control de la regulación de la situación previamente al surgimiento como figura de cualquiera de las formas de experiencia que veremos a continuación, precisamente para impedir este surgimiento. La clasificación de las formas de actuar de este hábito dependiendo de cuándo se active, la veremos una vez hayamos visto todas las formas de existencia, para así poderlos entender mejor.

En cierto sentido, la represión no es más que un aprendizaje, tan válido como cualquier otro. El hecho de que represente un problema para la regulación de la situación radica en la dificultad para que tanto el mecanismo represor como los aspectos novedosos, cobren vida como figuras de la consciencia. Y ya solo se padecen los síntomas consecuentes de un desequilibrio mantenido en el tiempo. La neurosis es la no aparición de las formas de experiencia en una situación desequilibrada, es decir, el no vivir las tensiones propias de una situación así, cuando lo único que podría equilibrarla de nuevo sería experimentar estas tensiones, estos desequilibrios, vivirlos. Puesto que vivir es equilibrar.

Quisiera hacer un apunte antes de continuar, en referencia a la excitación, que podemos definir como la intensidad de las fuerzas regulatorias. La excitación en los hábitos es muy variable, pudiendo ser casi inexistente o muy intensa. En el caso de que sea muy elevada, su función va a ser apartar la novedad de manera violenta, ya sea bajo la forma de represión, de respuesta reactiva o, por ejemplo, en defensa de los propios valores, lealtades, normas o formas de hacer habituales. Esta modalidad de excitación es diferente a la que comienza a partir de la siguiente forma de existir que veremos a continuación, y que irá poco a poco en aumento hasta el momento de la experiencia plena, donde descenderá hasta desaparecer. Esta última es la excitación creativa, donde las fuerzas regulatorias incluyen la novedad de la situación, modificándola creativamente a cada paso.

2.1.3. Forma de existir 3: Ello de la situación

A veces la situación no es capaz de regularse exclusivamente de manera física, ni de manera automática, debido a la presencia de aspectos psicológicamente novedosos. En estos casos, de la situación surge una consciencia incipiente, con la capacidad reguladora de hacer frente a estas modalidades de desequilibrios. A partir de aquí entramos en el mundo de las formas de experimentar, ya no solo de existir. Es el comienzo de lo psicológico, de la vida consciente, de la actividad del self.

A la primera modalidad de regulación del desequilibrio situacional la llamamos ello de la situación. O también experiencia emergente o experiencia prepersonal o preindividual, ya que de la situación aún no ha surgido un ser individual, una persona constituida. Son momentos previos a de cualquier atribución individual. De momento solo hay fuerzas que tienden a regular la situación, algunas de la cuales tienen ya consciencia de sí mismas, pero aún no son reclamadas como propias por ningún individuo. Si nos preguntásemos, “Esta experiencia, ¿es mía o tuya, a quién pertenece?”, de momento solo podríamos responder que es una fuerza situacional presente. Y aunque podemos estar también tentados a decir que nos pertenece a ambos, tampoco lo podemos afirmar. Es ésta la manera en la que surgimos de la nueva situación, como primeros movimientos con tintes conscientes de la situación presente que está equilibrándose.

El principal contenido de la consciencia en esta forma es el cuerpo sentido, recorrido por sensaciones corporales dispersas. El cuerpo sentido, como parte de la situación, es recorrido por fuerzas reguladoras situacionales. y también figuras imaginarias, pensamientos y recuerdos desordenados, tendencias a realizar movimientos, aún sin objetivo, o percepciones erráticas o suspendidas. Sentimos las cualidades difusas de la nueva situación presente, como pueden ser opresión, placidez, extrañeza o expansión, sin poder determinarlas ni comprenderlas, ni saber su origen. Vivimos en lo indefinido, lo impreciso y lo cambiante, inmersos en una situación que nos envuelve y atraviesa, en la que somos movilizados sin saber hacia dónde, sin tener ningún un marco de referencia que nos sitúe y nos oriente. Una forma de existir previa a la asignación de cualquier significado, de cualquier causa o consecuencia, de cualquier sentido o dirección. Son experiencias vividas de forma pasiva, sufridas. La excitación creativa es aquí baja. No hay figuras claras, sino unas apenas incipientes figuras efímeras que se confunden con el fondo.

Es en esta experiencia prepersonal donde más información, aunque no de carácter racional pero sí sensitivo, vamos a poder obtener de la situación como totalidad, ya que el cuerpo sentido participa en las fluctuaciones regulatorias de la globalidad de la situación. También ocurre esto ya que, al estar en un momento previo al surgimiento de cualquier interés específico, deseo o emoción, no hay urgencia por avanzar, ya que no hay ninguna dirección clara hacia la cuál dirigirnos, ni por resolver, ya que no hay ningún problema clarificado, no hay claridad de figura y la excitación creativa es baja todavía. Esta falta de dirección y de urgencia facilita una gran apertura en el ángulo de percepción y una calidad sensitiva muy fina, estando dotados de una sensibilidad de gran alcance y a cualidades de la situación muy variadas, que se irá restringiendo conforme vayamos avanzando en las siguientes formas de existir, aunque también nos irá aportando mayor claridad y definición.

Cierta sensación de incertidumbre y desasosiego va a estar presente en este modo de regulación, al haber atravesado los límites de lo habitual, y abandonado las certezas, la seguridad y el control que aportaba lo conocido. Estas experiencias emergentes pueden resultar, pues, desconcertantes, puesto que pasamos de un mundo en el que “sé perfectamente quién soy y cómo es el mundo”, a uno sin forma, sentido ni dirección claras.

En esta forma de existir, aunque sucede en todas, pero en mayor medida en ésta, solo una pequeña parte de los movimientos en busca de equilibrio, van a ser conscientes. Aunque solo vamos a experimentar un escaso porcentaje de todas las fuerzas regulatorias presentes en la situación, el resto, aún sin consciencia, estarán sustentando, desde el fondo, el surgimiento de las formas de existir que veremos más adelante. Quiero decir que no vamos a poder extraer a posteriori conclusiones definitivas ni relaciones claras, por falta de información, entre lo experimentado en esta forma y la siguiente, el mundo de los deseos, los dolores y las estimulaciones ambientales.

Trataremos de ilustrar mejor esta forma con un ejemplo. Al momento de entrar en un lugar en el que hay otras personas, podemos comenzar a sentir tensión muscular, un empuje a ir en determinada dirección, sentirnos pequeños, sentirnos observados sin que nadie nos mire, incluso pensar por un momento que todos están tramando algo, nos puede venir algún recuerdo o una imagen cruel, o de repente descubrirnos a nosotros mismos sin apartar la vista de unos zapatos rojos. Esto es de lo que somos conscientes, pero, a la vez, pueden estar presentes otros aspectos de los que no nos damos cuenta, como puede ser un pequeño sobresalto por un gesto fugaz que ha hecho la persona de al lado, el hecho de que esté atardeciendo, el calor que siento o la preocupación por una llamada que tengo que hacer en un rato. Y estos últimos aspectos que se nos han escapado, también conformarán el fondo del que surgirá la siguiente forma, por ejemplo, el deseo de acercarme a alguien.

Las posibles explicaciones o atribuciones personales que busquemos en este momento, así como la urgencia por regular la situación o cualquier otra forma en la que tratemos de salir precipitadamente del ello de la situación, van a ser, en la mayoría de los casos, intentos de los hábitos por apartar la novedad y regresar a la falsa seguridad de lo conocido. Saliendo así de la incertidumbre ante lo desconocido, o incluso de la ansiedad, en el caso de que el hábito sea una inhibición reprimida. También podemos tener indicios de que el hábito ha tomado las riendas de la regulación, cuando aparecen juicios, interpretaciones, control, sumisión, culpabilizaciones, cerrazón a uno mismo y al otro, búsqueda de claridad y sentido o una fuerte energización repentina.

2.1.4. Forma de existir 4: Ello individual o personal

Todas estas sensaciones, movimientos, percepciones, imágenes o pensamientos, inconexos, incomprensibles, situacionales y caóticos que nos abordaban en la forma anterior, va a ir pasando a formar parte del fondo, del que, junto a otros elementos y fuerzas presentes en la situación, irá emergiendo alguna dirección más evidente, que ya podemos identificar y empezar a reconocer como propia. La sensación de estar inmersos en algo sin forma ni dirección, de estar perdidos en una especie de niebla, comienza a desvanecerse a la vez que aparece cierta claridad en la que ya podemos identificar algo con contornos más delimitados. Todo comienza a cobrar cierto sentido de empuje.

Entramos en el mundo de los apetitos, los deseos, los dolores y las estimulaciones ambientales definidas, donde ya podemos experimentar un movimiento más delimitado, mantenido y excitante en alguna dirección, una fuerza orientada hacia la que tendemos. Aunque aún sin un objetivo determinado y sin llevar a cabo ninguna acción deliberada clara, ya que todavía no estamos del todo comprometidos con este impulso. Podemos decir que somos sujetos pasivos de lo que nos ocurre.

En este momento podemos situar el surgimiento del individuo, de la persona. Aquí ya podemos distinguir entre lo mío y lo tuyo, atribuyo el deseo o dolor que siento a este polo de la situación, a mí como persona, comenzando así a diferenciarme de ti. Comenzamos también a hacer distinciones entre interior y exterior, imaginario y real, yo y tú, y pasado, presente y futuro. Es el proceso de diferenciación, donde emerge la consciencia de ser una persona, un contenedor capaz de acoger este deseo que siento como propio, como individuo formado. Es por esto la distinción en el nombre de la forma de existir anterior a ésta, del ello de la situación, en donde las experiencias pertenecen a la situación, al ello personal o individual, donde una consciencia de individuo las acepta como suyas.

En este modo de regulación, al haberse producido esta primera diferenciación, hablamos de una constante influencia mutua o una coconstrucción entre mis experiencias y las circunstancias que me rodean. Puedo decir que siento esto ahora contigo por la manera en la que tú estás conmigo, y viceversa. Por ejemplo, puedo decir que siento atracción hacia ti por cómo me miras, pero también tú podrías decir que me miras así porque percibes mi deseo. Mi experiencia de atracción y tu forma de mirarme, coexisten y coemergen, cada una debe su existencia a la presencia de la otra. De esta manera, cada movimiento tuyo colaborará en la creación del mío, que a su vez influirá en la creación del tuyo. En esta forma nos construirnos juntos, es decir, nos vamos coconstruyendo o cocreando mutuamente a cada paso.

2.1.5. Forma de existir 5: Emoción

Desde que surgieron las experiencias novedosas hasta que la situación se regule de nuevo, estamos asistiendo a un doble proceso paralelo, de diferenciación y de unión. La tendencia de vivirse cada vez como más separado del entorno, va a coexistir con la tendencia a conectarse con algún objeto, suceso o condición de ese entorno. La emoción, pues, es el siguiente paso en este doble proceso tras el ello individual. Consiste en un comportamiento motor plenamente sentido que ponemos en funcionamiento para regularnos respecto a algún objeto del entorno, modificando así nuestra relación, nuestro estado yo-tú. Podemos decir que la emoción me diferencia aún más de lo que me rodea, que ya es otra cosa distinta a mí, y que, a la vez, me conecta activamente a ese elemento del entorno. Una acción sentida que aporta orientación, dirección, sentido y excitación creativa, un movimiento con el que me resitúo activamente en relación a algunos elementos de mi situación.

Por ejemplo, cuando siento miedo, lo asumo como algo experimentado por mí, dentro de mis límites como persona, mientras me movilizo activamente respecto a lo que considero peligroso. En el ello de la situación siento mi estómago encogerse, una sensación de intranquilidad me envuelve, pensamientos o imágenes inquietantes me asaltan repentinamente, mi corazón se acelera, pero aún no sé a qué se debe ni qué ocurre. En el ello individual ya siento el deseo de salir de ahí, no me gusta lo que veo, permanezco alerta a los estímulos ambientales que considero amenazantes, ya que atentan a mi estado de seguridad, siento una intranquilidad que achaco a lo que ocurre a mi alrededor, que no soy yo, pero no me movilizo todavía. Es en la emoción cuando comienzo a sentir miedo, siento la energización que recorre mi cuerpo y llevo a cabo movimientos respecto a mi entorno que modifican activamente mi posición respecto a lo que me produce miedo, como puede ser gritar, paralizarme, salir o atacar.

2.1.6. Forma de existir 6: Yo

En este modo de regulación, podemos ir rechazando y aceptando alternativas para ir clarificando cuál es nuestro objetivo. Este objetivo, con el que nos fusionaremos en la siguiente forma de existir, puede ser algún objeto, comportamiento o condición que queramos alcanzar. Decidimos y actuamos deliberadamente, dudamos, planificamos estrategias, probamos opciones. Ejercemos control sobre nosotros mismos, nuestra personalidad, nuestros procesos físicos y nuestras experiencias, y sobre lo que nos rodea, alienando de entre esto lo que nos aleja de la meta y tomando lo que contribuye a avanzar hacia nuestro propósito, ya que ambos polos de la situación son vistos como medios o instrumentos al servicio de nuestro plan. Permanecemos activos, sensorialmente alerta, agredimos aspectos de la situación para modificarlos y adaptarlos a nuestro interés y posibilidades.

Las vivencias que experimentamos en esta forma de existir suelen estar cargadas de intensidad y claridad, son definidas y excitantes. Sentimos cierta sensación de poder y libertad, nos podemos sentir dueños de nuestro propio destino e incluso del de los demás. Cuando, a pesar nuestro, no conseguimos nuestro objetivo, vamos a tener que convivir, probablemente, con una sensación de fracaso, además de seguir experimentando las tensiones propias de una situación en desequilibrio.

La distinción y separación yo-mundo es aquí muy marcada y clara. Pero no es solo una diferenciación sentida, como en la emoción, sino que aquí, además, soy yo el que decido lo que va a formar parte de mí y lo que no, tanto del lado de mi organismo como de mi entorno y de mi experiencia. En cierta medida, yo elijo quién estoy siendo a cada momento.

En muchas ocasiones no tenemos la capacidad de discernir entre el yo consciente y el hábito represor. Recordemos que la inhibición reprimida nos proporcionaba una sensación de seguridad y en ningún momento nos sentimos rehenes de él, sino que creemos que estamos eligiendo lo que queremos decir o hacer. ¿Cómo saber si es una elección del yo o la acción de una represión? Para responder no nos podemos basar en lo que nos decimos a nosotros mismos, ya que la represión creará justificaciones para mantener su posición y no sentirse amenazada. Tampoco en las apariencias, ya que la acción represiva puede transmitirse con fuerza y seguridad, lo que puede llevarnos a evaluarla como una decisión libre. Así las cosas, creo que hay dos claves para dar una respuesta que van de la mano. Por un lado, la novedad, la duda y la incertidumbre, y por el otro, lo conocido y la seguridad. El yo deliberado necesariamente se está enfrentando a una situación novedosa y, por tanto, va a aparecer la duda entre varios caminos. Así, la incertidumbre de no saber nos acompañará, ya que vamos a considerar varias opciones como posibles y aceptables en cierto momento. Pero en ninguna de las opciones sentiremos una ansiedad paralizante. Por el contrario, el andar por lo ya conocido del hábito nos evita toda la incomodidad de la incertidumbre. Nos sentimos seguros, no dudamos, se nos presenta como evidente una de las alternativas. Podría decir aquí que soy arrebatado en cierta dirección y de manera irremediable. Pero si probara a realizar la opción no elegida, se pondría en marcha alguna formación reactiva, y si siguiera insistiendo en esa opción, iría apareciendo una ansiedad no asumible, bajo la que se encondería la combinación de miedo y frustración que sostiene el hábito represivo. Es decir, si la opción no elegida no se ha visto como una posibilidad real y elegible, nos hará sospechar que no es la función yo la que está actuando.

También es difícil diferenciar la función yo del hábito, no represivo en este caso. ¿Cómo saber si una elección la ejerce el yo o simplemente es algo que hacemos de manera repetida, ya simplemente por costumbre? En este caso, la respuesta quizá iría en el sentido de, ¿es algo que se repite de manera habitual?, ¿las otras alternativas son todavía tenidas en cuenta?

Una excesiva rapidez en la elección también nos puede hacer intuir que no es una respuesta ejercida por el yo, sino por el hábito, ya sea una respuesta reactiva, habitual o represiva. Ya que la respuesta del yo necesita de cierto tiempo para tomar consciencia de las diferentes alternativas, dudar, elegir y planificar.

Una situación intermedia sería cuando el yo está actuando conscientemente, pero una parte de la situación novedosa permanece oculta, apartada por un hábito. La situación así está reducida, no todos los factores pertinentes para su autorregulación están disponibles, pero no podemos decir que no haya función yo. Sí la puede haber, pero en una situación limitada, en la que el yo solo tiene acceso a una parte.

2.1.7. Forma de existir 7: Experiencia plena

Esta modalidad de experiencia se produce cuando estamos implicados de lleno en alguna actividad, absorbidos totalmente en una experiencia que vivimos como la única posible, de tal manera que llena todo nuestro interés, todos nuestros sentidos está activos, concentrados en este momento, en este lugar y en esta actividad, donde no hay nada más.

No hay un yo ni un otro como seres separados, sino que vivimos plenamente en el entre, en la interacción, en la frontera que nos une, que nos incluye y nos transforma a ambos. La sensación es de fluidez, de plenitud, de estar en el único sitio posible y de la única manera posible. La actitud predominante es la espontaneidad, actuando activamente a la vez que se es sujeto de la actuación del otro, en el mismo movimiento, siendo seres activos y pasivos a la vez. Sin premeditación ni objetivo, ya que ya estamos inmersos en el objetivo, con el que estamos fundidos. Para que esta forma de existir se dé, es necesaria la desaparición del yo como agente activo, buscador, controlador y planificador.

A medida que esta forma de experimentar se va desarrollando, va regresando el equilibrio a la situación. Las tensiones que movilizaron las interacciones organismo/entorno se van relajando, ya que ambos polos se han ido reconfigurando para alcanzar el estado de equilibrio. La excitación creativa, que ha ido hasta ahora en aumento, disminuye hasta desaparecer, apareciendo en su lugar una experiencia de alivio y placer, o incluso de paz y tranquilidad.

Éste es también el terreno de los sentimientos, estados de tal entrega e implicación, que nos olvidamos de nosotros mismos. Los sentimientos son experiencias estado, más estables y duraderos que las sensaciones, los deseos o las emociones, hasta el punto de que es posible que estén presentes y activos durante una vida entera. De esta manera, nos podemos entregar completamente y de por vida al amor o a la venganza.

A medida que la situación vuelve al equilibrio, tras esta forma de experiencia, se produce la asimilación, proceso en el que las novedades que han entrado en juego a lo largo del proceso de regulación, se van integrando. Bien en el resto del funcionamiento habitual, como aprendizajes de hábitos nuevos, haciendo crecer la personalidad, y/o bien como procesos físicos en el resto del funcionamiento orgánico, logrando la conservación y/o el crecimiento del organismo. Haciendo crecer el fondo en el que se sustentarán próximas experiencias. Pero la asimilación ya es un proceso automático, que se produce sin consciencia.

2.1.8. Forma de existir 8: Consciencia reflexiva

Este último modo de buscar el equilibrio está fuera de la secuencia del proceso de contacto o de la regulación de la situación que hemos ido siguiendo hasta ahora, y puede aparecer en cualquier momento. Lo hemos colocado en último lugar ya que, evolutivamente, es el último que aparece en la especie humana, y el que nos diferencia del resto de los animales, ya que todos los anteriores los compartimos con otras muchas especies.

La consciencia reflexiva se pone en marcha cuando el problema en el que estamos inmersos es demasiado complicado para hacerle frente de un modo directo. Así que, para tratar de resolverlo, nos abstraemos de nuestro entorno y de nuestro organismo presente inmediato, tratando de mantener apartada cualquier otra experiencia que pueda distraernos de nuestra tarea. Es la manera como vamos a poder observar desde fuera el problema y tomar distancia para obtener una visión del conjunto de la situación. Desarrollamos así una mirada más compleja y de amplio espectro.

Como no permitimos que nada novedoso entre en nuestra experiencia, podríamos decir que lo que hacemos es jugar activamente, de manera abstracta, con lo ya conocido. Así, modificamos sus posiciones y nuestro punto de vista, descubrimos nuevas relaciones y creamos nuevas interpretaciones, imaginamos otras situaciones posibles, nuevos mundos, nuevas posibilidades, combinamos ideas, inventamos objetos ideales o nos adentramos en ensoñaciones y fantasías, creando así novedades a partir de lo que ya hay. Pese a que se asemeja a los hábitos en cuanto a la ausencia de elementos novedosos, tanto del lado del organismo como del entorno, a diferencia de aquel, en el que no hay creatividad y nos ceñimos a seguir caminos ya trazados, en éste hay una gran creatividad.

Nos permite también avanzar en el camino del autoconocimiento y el conocimiento del entorno. Nos autobservamos en nuestro modo de funcionar, tomando consciencia de formas de hacer, pensar y sentir que estaban ya presentes, pero de las que no éramos conscientes, haciendo así explícito lo implícito, extrayendo conclusiones acerca de nuestro comportamiento, variando y enriqueciendo nuestro ángulo de visión, categorizando o diagnosticando. Procedimientos similares podemos hacer respecto al entorno, base de las ciencias experimentales. Al igual que hemos dicho anteriormente, el conocimiento que nos proporciona la personalidad no aporta novedad, es estático, es autoconocimiento solidificado, mientras que aquí estamos en el descubrimiento y la creación de conocimiento.

2.2. Breves comentarios sobre la secuencia del proceso de regulación

Ya comentamos brevemente que, en nuestro día a día, la secuencia de figuras y fondos no sigue el orden ideal aquí expuesto. La observación del devenir de nuestras experiencias en cualquier momento, nos hace ver que se produce una compleja alternancia en las figuras, muy difícil de captar, cuanto menos, por efímera. En nuestro día a día, por ejemplo, puede ser figura la forma de existir de los hábitos, por ejemplo mientras nos duchamos; mientras lo hacemos, puede aparecer como figura la consciencia reflexiva, reelaborando mentalmente un problema que nos preocupa; luego el ello de la situación, como un pequeña parálisis al escuchar en la habitación de al lado, en el que está nuestra pareja, un fuerte golpe; más tarde el ello, con el deseo de saber lo que está pasando; a continuación, la relajación propia de una pequeña experiencia plena, al oírla decir que está bien; luego el yo, al decidir si salgo ya de la ducha o me quedo un poco más…

A lo largo de un proceso de regulación también podemos ver la existencia de muchos otros procesos. Por ejemplo, el ejemplo de arriba puede ser parte de otro mayor, como resultaría si me estoy duchando para asistir a una entrevista de trabajo. También durante el camino a la entrevista puedo ir comprobando si voy bien arreglado, perder el autobús y coger un taxi o recibir una llamada que me emocione. Algunos procesos regulatorios pueden durar años, como preparar unas oposiciones, mientras que otros, como algunos de los mencionados, escasos momentos. De esto también se desprende, como ya dijimos, que varias situaciones van a estar presentes a la vez, como volveremos a ver cuando expliquemos el gráfico 2.

2.3. Clasificación de los mecanismos neuróticos y ansiedad

Teníamos pendiente la clasificación de las cinco maneras de actuar del hábito represivo. Dependiendo de en qué momento del ciclo o ante qué forma de experiencia se ponga en marcha la represión para controlar y detener el proceso regulatorio de la situación ante la amenaza de la aparición de la ansiedad, hablaremos de alguno de los siguientes mecanismos neuróticos.

  • cuando comenzamos a sentir la novedad incipiente, hablamos de confluencia. El yo no consciente se aferra a lo ya conocido. La ansiedad se despierta ante la posibilidad de perder la sensación de seguridad que puede aparecer con la novedad.
  • Si actúa al inicio del ello individual, deteniendo las fuerzas regulatorias cuando comienza el proceso de diferenciación, hablamos de introyección. El yo no consciente asume como fuerza movilizadora propia, algún otro deseo o norma que percibe en la situación, rechazando experimentar el propio. La ansiedad se despierta ante la posibilidad de perder la sensación de pertenencia que puede aparecer al diferenciarse y surgir como individuo.
  • Si actúa al inicio de la emoción, deteniendo las fuerzas regulatorias cuando comienza el comportamiento motor que modifica la relación yo-tú, hablamos de proyección. El yo no consciente desplaza la emoción vivida, alucinándola como si hubiera surgido en el entorno o incluso se dirigiera hacia él mismo, deteniendo el comportamiento expresivo. La ansiedad se despierta ante la posibilidad de sentir el fracaso que puede aparecer cuando nos movemos hacia el entorno.
  • Si actúa al inicio del yo, deteniendo las fuerzas regulatorias cuando voy a agredir y manipular el entorno, hablamos de retroflexión. El yo no consciente las reorienta hacia su propio cuerpo y su personalidad. La ansiedad se despierta ante la posibilidad de herir o ser herido que puede aparecer cuando agredimos al entorno.
  • Si actúa al inicio de la experiencia plena, deteniendo las fuerzas regulatorias cuando voy a fundirme con mi objetivo, hablamos de egotismo. El yo no consciente mantiene el control y el estado de alerta. El yo entonces sigue activo, pero su propósito ya no es alcanzar el objetivo, sino precisamente evitarlo, para mantenerse como ser diferenciado. La ansiedad se despierta ante la posibilidad de desaparecer como ser individual que puede aparecer cuando nos fundimos con nuestro objetivo.

Cuando coexisten fuerzas opuestas, cuando las fuerzas regulatorias de la situación o formas de existir en desarrollo son frenadas debido a la sensación de peligro y frustración que se vislumbra en el horizonte, surge la ansiedad. Puede aparecer en cualquier momento a lo largo de todo el proceso de regulación y acompañando a cualquier forma de existencia. Que esta tensión se incline en una o la otra dirección dependerá de la confianza que tengamos en el proceso en marcha. Etimológicamente, confiar significa tener fe, y la fe, según Perls et al. (1951), es saber, más allá de la simple consciencia, que, si se da un paso más allá, seguirá habiendo un suelo bajo nuestros pies. Por lo que continuaremos o no en el proceso regulatorio de la situación, dependiendo de lo que confiemos en los apoyos, metafóricamente el suelo, que la situación nos brinda. Estos apoyos nos van a permitir vivir la situación de manera suficientemente segura, es decir, sin excesivo temor, y acogedora de nuestras excitaciones, es decir, sin excesiva frustración, como para continuar avanzando.

2.4. Representaciones gráficas de las formas de existir

Gráfico 1. Una posible representación gráfica de estas 8 formas de existir, sería representarlas en el orden en el que las hemos expuesto. Colocando abajo las formas que se mantienen como fondo sustentador y nutricio básico, e irlas superponiendo por orden conforme va avanzando la secuencia ideal del proceso de contacto.

Gráfico 2. Este gráfico representa mejor el hecho de que varias situaciones van a estar presentes a la vez. Por ejemplo, recordemos el ejemplo del encuentro con un conocido (situación 1 del gráfico), el problema con mi hijo (situación 2 del gráfico) y el dolor de muelas (situación 3 del gráfico). Probablemente la primera situación ocupará el primer plano por unos instantes, y las otras dos permanecerán en segundo y tercer plano, como aparece en el gráfico. Pero no tardará en cobrar más importancia alguna de las que se mantenían apartadas, mientras que el encuentro con la persona conocida pasará a segundo plano. En cada una de estas situaciones, varias de las formas de existir estarán activas simultáneamente, ya sea en el fondo o como figura. Aquí se representa un ejemplo de una foto de un momento concreto en la existencia de una persona. Veamos: La experiencia actual de esta persona, esto es, lo que es figura para él, está en proceso de tránsito del ello de la situación al ello individual, es decir, el estado de indiferenciación está pasando al fondo mientras comienza a aparecer un deseo, por ejemplo, de preguntarle algo a la persona con la que se ha encontrado. En el fondo de esta situación 1 permanecen activos los procesos físicos, también activos en las otras dos situaciones, como siempre va a ocurrir, por ejemplo, la regulación térmica o la actividad cerebral, al igual que ocurre con los hábitos, como la manera de moverse o de hablar. También el yo permanece activo en el fondo en esta primera situación, por ejemplo, la determinación de no contar a esta persona un hecho que no quiero que sepa. En la situación 2 permanece latente una mezcla de enfado y tristeza tras el problema no resuelto con mi hijo. Esta emoción de fondo va a estar afectando de alguna manera mi existencia actual en la situación 1, aunque no sea figura para mí en este momento, por ejemplo, en mi expresión facial o en mi falta de atención plena a lo que me está contando, y es probable que sea sentida por la persona con la que estoy hablando. Por otra parte, quizá también tenga breves momentos de ausencia de la situación presente para tratar de comprender qué pasó con mi hijo (consciencia reflexiva), aunque en ese caso lo que ocurriría, sería que la situación 2 pasaría al primer plano por unos instantes para volver al segundo plano inmediatamente. Y en la situación 3, siento en el fondo una ligera molestia en la muela (ello individual).

Gráfico 3. Representa el proceso ideal de regulación de la situación, distinguiendo qué formas son figuras de nuestra experiencia y cuáles son fondo en cada momento. El eje de abscisas representa el tiempo avanzando. El eje de ordenadas representa el nivel de excitación creativa experimentado, que va aumentando a medida que avanza la regulación, hasta el yo, cuando comienza a descender en la experiencia plena, al haber alcanzado su objetivo y retornar el equilibrio a la situación. Asimilando a continuación la novedad vivida durante el proceso, tanto en forma de hábitos como de procesos físicos. También están representados en el gráfico los mecanismos neuróticos, la acción de la inhibición reprimida en cada uno de los cinco momentos en los que puede actuar para detener las formas de experimentar o fuerzas que regulan la situación.

3. Psicoterapia

3.1. El objetivo del psicoterapeuta

La finalidad de la psicoterapia es que el paciente consiga volver a equilibrar, dentro de las posibilidades existentes, la situación desregulada de la que ha surgido y de la que forma parte.

Aunque puede ser que el paciente no experimente siquiera esta desregulación, por permanecer inhibida por un hábito olvidado. Recordemos que un desequilibrio congelado y apartado de la consciencia por la acción de la represión, seguirá tratando de equilibrarse de por vida, aunque de manera poco o nada consciente, manteniendo la situación desequilibrada sin que la persona se dé cuenta de este desequilibrio. Pero, aunque no sea consciente de esta desregulación, no podrá eludir sus repercusiones en forma de síntomas neuróticos, que muy probablemente sea lo que le traiga a consulta.

Desde nuestra perspectiva, el objetivo final del psicoterapeuta, al igual que el de cualquier otra persona en cualquier otra situación, es tratar de lograr el equilibrio su propia situación. Lo que ocurre en psicoterapia es que la situación del psicoterapeuta está conformada, en gran parte, por elementos de la situación del paciente, ya que éstos conforman el entorno privilegiado del psicoterapeuta. Lo que implica que, si la situación del paciente se encuentra desregulada, como es de esperar, cuando estos desequilibrios pasen a formar parte de la situación del psicoterapeuta, como entorno, la situación de éste también se desregulará. Para ello, el psicoterapeuta deberá permitir que los elementos más importantes que forman parte de la desregulación de la situación del paciente, formen parte del entorno de su propia situación, para que el desequilibrio de la situación del paciente suponga también un desequilibrio en la suya. Nuestro planteamiento es que el psicoterapeuta no puede regular directamente la situación del paciente, ya que es el self del paciente el único que puede hacerlo, por lo que aquel sólo puede ocuparse de regular la suya propia, de la que, algunos aspectos de la del paciente, al menos los más importantes que afecten a su desregulación, forman parte. Así, el proceso de regulación de la situación del psicoterapeuta va a tener que pasar necesariamente por la regulación de la situación del paciente.

Y llevar a cabo su tarea, encaminada a encontrar su equilibrio en presencia de su paciente, va a consistir en lograr que todas las formas de experimentar que hemos visto hasta ahora, estén potencialmente activas. Es decir, que puedan surgir como figuras de consciencia, siendo así capaces de llevar a cabo su función regulatoria. Enumerándolas grosso modo, diríamos lo siguiente, que el fondo asimilado esté disponible, que vivencie el cuerpo sentido, que sienta sus apetitos y dolores, que pueda emocionarse, que sea capaz de agredir y elegir entre varias opciones, que se permita fundirse con su objetivo, y que pueda autobservar, analizar la situación y crear nuevas posibilidades. Y esto irá sucediendo espontáneamente, siempre y cuando no estén detenidas por hábitos represivos.

Podríamos hacer un símil de cómo el psicoterapeuta se moviliza en presencia de su paciente al formar, éste, parte de su situación. Cuando abrimos un recipiente envasado al vacío, este vacío succiona el aire de su entorno para regularse con él, debido a la diferencia de presión. El hecho de succionar el aire de alrededor sería la búsqueda de regulación de la situación del paciente en presencia del psicoterapeuta. El aire de alrededor siendo succionado, la desregulación que el psicoterapeuta experimenta. Así, el psicoterapeuta vive, en sus diversas formas de experimentar, la desregulación de la situación del paciente, en ocasiones no vividas de forma consciente por éste. El self del psicoterapeuta se moviliza, haciendo emerger distintas formas de experiencia en el psicoterapeuta, como intentos de regular su propia situación y, a la vez, la del paciente.

Si la situación del psicoterapeuta, previa al encuentro con el paciente, se encuentra lo más equilibrada posible, el psicoterapeuta podrá sentir más nítidamente cómo su situación se desequilibra al encontrarse con su paciente.

Si el psicoterapeuta desea poner nombres a sus propios desequilibrios, como indicios de los desequilibrios del paciente, podrían ser déficit de consciencia o escasa o nula actividad en alguna de las formas de experiencia, cierto miedo y frustración de fondo, evitación de la ansiedad o algunas cualidades estéticas de sus figuras, como cuando son incompletas, inconexas, confusas, sin sentido, fijas, rígidas, aleatorias, ineficaces, dispersas, vagas, superficiales, débiles, torpes, distorsionadas o sin gracia ni interés. Al darse cuenta de estos desequilibrios, trabajará para recuperar el equilibrio.

Si la situación del psicoterapeuta no se desregula, o éste no percibe desregulaciones, cuando se encuentra con el paciente, nos podrá estar indicando que la situación del psicoterapeuta no incluye los aspectos desregulados de la del paciente, o que no es suficientemente sensible. El psicoterapeuta, de forma más o menos consciente, no está dejando pasar esos aspectos a su situación, o los mantiene detenidos en el fondo. En otro lenguaje diríamos que el psicoterapeuta no contacta con el paciente o que permanece ajeno a su sufrimiento. Si este permanecer ajeno no es una elección deliberada, es probable que se deba a algún hábito represivo del psicoterapeuta.

Si el psicoterapeuta ya se encontraba neuróticamente desequilibrado previamente al encuentro con su paciente, inmerso en una situación inacabada no consciente, corre el riesgo de tratar de equilibrar su situación sin darse cuenta, incluyendo al paciente como instrumento. Este último caso se puede observar cuando el psicoterapeuta, de manera más o menos solapada, trata de que el paciente, por ejemplo, lo vea como un modelo a seguir, como un salvador o busque sentirse valorado.

Para minimizar en lo posible esto, creo que es muy importante que el psicoterapeuta no deje de frecuentar a su psicoterapeuta y/o supervisor, para que, al menos, sea cada vez más consciente de las desregulaciones que mantiene bloqueadas. En mayor medida aquellas que se movilizan debido a la presencia del paciente, y que, aun siendo movilizadas, se mantienen sin consciencia.

Si, en otro caso, la situación del psicoterapeuta está conscientemente desequilibrada previamente al encuentro con su paciente, quizá pueda enturbiar su trabajo regulatorio, al hacerle más complicado sentir con finura y nitidez, cómo su situación se desregula al encontrarse con su paciente. Pero también puede ser una circunstancia que le ayude en su labor, despertando aspectos claves en el paciente que hasta ahora no habían surgido o haciendo al psicoterapeuta más sensible a determinadas desregulaciones. Por tanto, si el desequilibrio del terapeuta es consciente, será decisión del psicoterapeuta encontrarse o no con su paciente y cómo hacerlo, ya que, quizá ayude, quizá dificulte o quizá los conduzca por nuevos caminos. El caso es que no tiene por qué suponer una dificultad. Por ejemplo, si me siento triste, esta desregulación puede dificultarme prestar atención al paciente, pero también puede hacer emerger una tristeza o un sentimiento de compasión en el paciente, hasta ahora no sentido o abordado, ayudando en su proceso de regulación.

Resumiendo lo visto hasta ahora, serán los movimientos regulatorios conscientes en cada una de las formas de existir del psicoterapeuta, esto es, sus experiencias, las que le van a mover en sus intervenciones. Si el psicoterapeuta se hace consciente de cómo es su experiencia en las diferentes formas que hemos visto, pudiendo hacer un recorrido por ellos a modo de testeo, por ejemplo, cómo percibe el clima de la situación, qué deseos siente, qué emociones actúa, qué apoyos percibe… va a extraer una información muy valiosa acerca de los distintos movimientos regulatorios que se están produciendo simultáneamente en ese momento, tanto en su situación como en la de su paciente.

Todo lo que acabamos de mencionar hasta ahora es también válido para cualquier relación en la que se sienta una profunda implicación con la otra persona, como en una relación de verdadera amistad o en una sana de pareja. Lo que diferencia la relación psicoterapéutica de éstas, es que, en la psicoterapéutica, el psicoterapeuta sabe que lo que le va a permitir regular su situación, será tratar de que el paciente sea capaz de regular la suya. Al psicoterapeuta le interesa, como hemos dicho, regular su situación, de la que algunos de los aspectos más relevantes de la del paciente forman parte, pero en este caso, a diferencia de cualquier otra estrecha relación, el psicoterapeuta lo hará logrando que todas las formas de experimentar del paciente estén activas, esto es, que sea capaz de vivirlas plenamente, para que puedan, de manera espontánea, libre y activa, realizar las mejores regulaciones posibles dadas las circunstancias. Si el paciente consigue vivir sus desequilibrios en toda su intensidad, su situación va a equilibrarse, siempre que las condiciones lo permitan, por lo que la del psicoterapeuta volverá también a equilibrarse.

Por tanto, esta visión podemos calificarla, a la vez, de egoísta y de altruista. Egoísta en cuanto que el psicoterapeuta busca su propia sensación de equilibrio. Y altruista dado que, mientras la desregulación del paciente forme parte de la situación del psicoterapeuta, la manera que tiene el psicoterapeuta de buscar egoístamente su equilibrio, es tratando de que el paciente logre equilibrar su propia situación.

Así las cosas, ¿para qué me paga el paciente? Básicamente, para que su situación forme parte de la mía. Para que los desequilibrios de su situación sean los desequilibrios de la mía. En otro lenguaje, para que me importe, para que esté auténticamente interesado en él o ella, para que me deje conmover por su sufrimiento y haga lo que esté en mi mano, siendo yo una persona suficientemente formada en psicoterapia y suficientemente equilibrada, para que el paciente experimente lo que estaba detenido y no era experimentado, y así los dos recobremos finalmente el equilibrio y la armonía. El resto vendrá solo, el camino de la psicoterapia se produce espontáneamente.

Aunque este camino sea espontaneo, podemos explicitar alguno de sus constituyentes, diciendo que el psicoterapeuta puede ser la parte del entorno del paciente que le permita desarrollarse hacia la novedad. Para lo que el paciente deberá sentir suficiente confianza (para lo que deberá percibir la situación como suficientemente segura, con apoyos sólidos) y excitación (para lo que deberá vivir la situación como estimulante, y percibir al psicoterapeuta como un otro dispuesto a acogerle, y con capacidad para hacerlo). El paciente así podrá comprobar que los límites de sus hábitos no son los límites de sus posibilidades, que puede dar pasos hacia la novedad, regularse y crecer. Pero si el paciente vive la situación como excesivamente peligrosa (sin seguridad ni apoyos) y/o frustrante (sin nadie que le acoja o poco estimulante), la regulación no va a ser posible, y en el mejor de los casos, la sabiduría del paciente le hará abandonar el proceso psicoterapéutico, y en el peor, se estará reforzando la represión.

Si no logro dar pasos hacia la regulación de la situación de mi paciente, de alguna manera estaré colaborando en su mantenimiento. A la inversa de lo visto hasta ahora, yo también formo parte de la situación del paciente, por lo que estoy formando parte de su situación de desequilibrio, y, por tanto, si no estoy contribuyendo a equilibrarla, estoy contribuyendo, cuanto menos, a mantener ese desequilibrio. La aceptación de esto supone una gran responsabilidad para el psicoterapeuta, ya que, desde este planteamiento, es responsable de la regulación del paciente. Si el psicoterapeuta no hace nada para regularla, está haciendo algo, quiera o no, para mantenerla, y sino para aumentarla o agravarla. Y si hace todo lo posible y aun así no logra dar pasos hacia el equilibrio, lo más responsable sería derivarlo a otro psicoterapeuta en el que confíe para llevar a cabo esta tarea. Según esta lógica, el paciente es también responsable de la regulación de la situación del psicoterapeuta, aunque no sea consciente de ello, al formar parte de la situación de éste. Pero el paciente, al pagar, está pagando también el quedar eximido de esta responsabilidad.

Puede ocurrir también que el psicoterapeuta elija deliberadamente, como mejor opción para regular su situación, apartar al paciente de ella, esto es, no continuar atendiéndolo, por la razón que sea. Una opción perfectamente válida. Lo importante es que el psicoterapeuta sea consciente de ello y que, al menos, lleve a cabo su decisión de la forma que considere más beneficiosa para la regulación de la situación del paciente.

3.2. Breve recorrido por las formas de existir en psicoterapia

A continuación, me gustaría hacer algunos comentarios de cada una de las formas de existir, relativos a la psicoterapia, desde el punto de vista del psicoterapeuta.

Procesos físicos. Los procesos físicos y los psicológicos son en muchas ocasiones íntimamente interdependientes. Los psicológicos siempre estarán sustentados en los físicos, aunque no tiene por qué ocurrir en sentido inverso. Aunque los procesos físicos en sí mismos no pertenecen al campo de acción de la psicoterapia, cabrá tenerlos en cuenta en aquellas situaciones en las que haya una manifiesta interrelación. Como en la medicación psiquiátrica, que interviene físicamente en el sistema nervioso central, mediante la administración de sustancias, produciendo cambios a nivel psicológico. O en una situación que podamos calificar de estresante, donde los niveles de adrenalina, el ritmo cardíaco y la presión sanguínea aumentan, aumentando nuestro estado de alerta y de activación para llevar a cabo acciones que regulen la situación. Y en la que el aumento de los niveles de cortisol incrementará la glucosa en sangre, y en los casos en los que se mantenga esta situación, a la larga podrán aparecer dolores musculares crónicos, problemas en el sueño, en la capacidad de concentración o afecciones en el sistema inmunológico.

Hábitos. Aquí es donde busca el psicoterapeuta dar sentido a lo que ocurre a través de algún criterio extrínseco. Nos permite ver la situación con los ojos de lo ya conocido, lo que nos puede aportar seguridad y una guía a seguir. Acudir a estos criterios extrínsecos nos puede dificultar la regulación, en el caso de que sea una huida del resto de formas de experiencia, es decir, cuando acudimos a lo conocido porque la novedad nos resulta ansiógena. Pero puede resultar un apoyo necesario si es tratado como complemento a un criterio intrínseco, donde los modos de equilibrar la situación están disponibles y potencialmente activos.

Aparte de los hábitos neuróticos que ya vimos, otra traba en la regulación de la situación puede ser una limitada función personalidad. Un autoapoyo suficientemente firme y amplio en ella, puede resultar necesario en algunas situaciones para regular la situación actual. En el psicoterapeuta, este autoapoyo puede consistir en sus conocimientos de psicología y psicoterapia, en su experiencia de vida y como psicoterapeuta, en las habilidades desarrolladas y en su costumbre de supervisar sus casos y de acudir a terapia. Y en el paciente, va a ser un tema clave al que el psicoterapeuta deberá prestar atención, y que va a variar enormemente dependiendo del autoapoyo y del resto de apoyos con los que cuente para transitar las situaciones en las que esté inmerso.

Ello de la situación. Es la forma en la que experimentamos la intencionalidad de la desregulación de la situación como totalidad, en la que se sustenta la direccionalidad del resto de desequilibrios que experimentaremos durante la sesión, donde brota el sentido incipiente de las figuras que irán surgiendo, bajo la forma de sensaciones inespecíficas, difusas e indiferenciadas.

Creo en nuestra práctica diaria tendemos a no experimentar suficientemente estos desequilibrios, a pasarlos por alto o a no darles cabida, ya que solemos tender a calificarlos de sinsentidos, trivialidades o rarezas, dejando que pasen rápidamente a formar parte del fondo. Es cierto que permanecer abierto y dejarse experimentar estas primeras fuerzas novedosas, puede resultar ansiógeno y confuso, y que hacen falta altas dosis de confianza en el proceso de contacto para mantenernos en esta incertidumbre. Permanecer aquí implica no tratar de cambiar nada, aceptando y dejarse balancear por lo que surja tal cual surja, habitar la situación con sensibilidad e implicación, dejándose conmover por lo que aparece, permitiéndonos el tiempo suficiente para tomar en consideración las aparentemente divergentes partes de la nueva situación, dejando que alguna figura vaya surgiendo espontáneamente, sin ir a buscarla, no actuar de forma reactiva ni de la manera habitual, ni querer resolver el problema, ni extraer conclusiones, ni diagnosticar… En cuanto a la parte activa, puede implicar hacer movimientos de reajuste, ya sean corporales o relacionales, compartir con nuestro paciente algo de lo que se experimenta, como sensaciones, imágenes o recuerdos que nos aparezcan, hacer preguntas aclaratorias que no exijan una comprensión ni elección claras, proponer al paciente realizar alguna experiencia compartida de carácter exploratorio, recurrir a dibujos, metáforas, experimentaciones corporales o mapas situacionales con objetos.

Si el psicoterapeuta pasa prematuramente a actuar, por ejemplo, respondiendo desde el yo o desde lo que ya conoce, podríamos inferir que necesita regularse con cierta urgencia, por lo que cabría preguntarse, al menos, cuál es la urgencia y si es consciente de ella.

La aparición espontanea de una figura más nítida, puede marcar el punto en el que el ello de la situación pase, de manera equilibrada, a formar parte del fondo que va a sostener esta nueva figura, que surgirá bajo la forma de ello personal, lo que nos llevará a una primera separación yo-tú, a un primer distanciamiento, en este caso necesario para el equilibrio de la situación.

En cualquier momento de la sesión en el que el psicoterapeuta se sienta perdido, podrá volver a habitar el ello de la situación, para obtener pistas de qué es lo que está ocurriendo en el fondo, qué intencionalidades están a la base de las figuras que surgen, qué está movilizando la situación.

Ello individual. Supone una primera tendencia a inclinarnos hacia. Nos habla de qué y cómo la regulación de la situación nos está impeliendo, nos está invitando a. Puede aparecer una sola propensión o más de una, incluso en direcciones opuestas. Por ejemplo, el psicoterapeuta puede sentir una invitación a acercarse al paciente, y a la vez, un deseo de mantenerse a cierta distancia.

Emoción. Es la primera acción novedosa que el psicoterapeuta lleva a cabo en relación a su paciente. Con la que se desvela y compromete expresando su propia individualidad, a la vez que conecta de manera activa y energética con su paciente. Un movimiento que tiende a involucrarlo, a movilizarlo, siempre y cuando el paciente incluya en su situación al terapeuta. Y que modifica el posicionamiento de cada uno respecto al otro, reorganizando su relación, al afectarse motora y sensitivamente.

Yo. El yo aporta al psicoterapeuta el poder de decidir y de actuar, de controlar, de dirigir y de agredir a su paciente, en dirección a su objetivo.

Actuando en el fondo, en ocasiones nos va a permitir decidir qué forma de existir hacemos figura. Y digo en ocasiones porque habrá momentos en los que el nivel de excitación, ya sea por demasiado elevado o demasiado bajo, nos dificultará la activación de la función yo. Por ejemplo, una sensación de urgencia para dar una respuesta puede hacernos pasar por alto nuestra capacidad de elección, o también un estado de adormecimiento, o en el plano neurótico, el revivir una situación traumática cargada de miedo y frustración, hará que la inhibición reprimida tome el control, inutilizando la función yo. Pero exceptuando estos momentos, vamos a poder elegir si deseamos experimentar las sensaciones corporales, las fantasías, los deseos, la toma de decisiones o abandonarnos a formas mecánicas de hacer. La función yo, de esta forma, va a permanecer en el fondo decidiendo la forma de existir que experimentaremos. Cuando decimos, por ejemplo, que voy a prestar atención a lo que deseo, es la función yo, desde el fondo, la que está dirigiendo el surgimiento del ello personal como figura. Podríamos decir que tenemos la capacidad de elegir quiénes estamos siendo en determinado momento. ¿Voy a ser un ser pensante, sintiente, creador…? Cuando decía anteriormente que el psicoterapeuta puede realizar un recorrido por sus distintas formas de existir, es gracias a la función yo. Así, el psicoterapeuta podrá elegir a qué forma presta atención. También decidirá desde cuál responde a su paciente, desde lo que ya sabe, desde su inquietud, sintiendo los movimientos incipientes de la situación, elaborando una explicación a lo que sucede, resolviendo, invitándole a experimentar… Obviamente, el hecho de poder elegir la forma que va a adoptar mi experiencia consciente, no implica el poder de elegir cómo será esa experiencia. Podríamos poner el símil del dial de una radio, en el que con una ruedecita cambiamos el canal, pero no podemos decidir qué escucharemos en ese canal.

Aunque en esto el yo tampoco decide con total libertad, ya que se sustenta en el resto de formas de existencia. Elegiremos en función de nuestros aprendizajes y creencias, emociones, deseos… y de los demás elementos presentes en la situación. Todas las formas, sean figura o parte del fondo, conforman una compleja maraña interrelacionada de la que emerge, en ocasiones, la capacidad de elección.

Experiencia plena. Al no haber nada fuera de esta vivencia, cuando la experimentamos no podemos chequearla sin salirnos de ella. Por lo que solo podemos fijarnos en ella antes, en el sentido de ausencia de ella, qué ocurre que no surge, de qué puede estar hablándonos…, o después, recordando cómo ha sido, qué aspecto de la situación se ha regulado o qué necesidad se ha satisfecho.

Consciencia reflexiva. Además de los dos criterios que hemos visto, el extrínseco, aportado por los hábitos, por lo ya conocido, y el intrínseco, aportado por el mismo empuje de las fuerzas regulatorias implícitas en la situación presente, mediante la consciencia reflexiva podemos crear activamente nuevos criterios, en colaboración o no con el paciente, elaborando así otra nueva manera de ver la situación y otro camino a seguir. Una especie de criterio intrínseco, pero que, a diferencia del intrínseco, que permanece implícito, éste está construido de manera reflexiva, deliberada y explícitamente consciente, a partir de los elementos presentes, un criterio que podríamos llamar intrínseco reflexivo.

Mediante la consciencia reflexiva podemos interpretar lo que sucede, habitar diferentes perspectivas, elaborar hipótesis e intervenciones, crear experimentaciones, relacionar hechos, tratar de comprender. Podemos autobservar la situación, analizarla y parcelarla en sus elementos constituyentes y sus interrelaciones. Mirar en perspectiva nuestras propias experiencias en cualquiera de sus formas. Nos permite explicitar hábitos, condicionamientos, valores, guiones de vida, lealtades, mandatos o secretos familiares. También darnos cuenta de nuestros mecanismos neuróticos, lo que es de gran utilidad en psicoterapia, ya que nos permite tomar consciencia de los automatismos que ponemos en marcha cuando se actualizan situaciones traumáticas. Esto nos va a permitir no expresarlos mecánicamente para así poder elegir hacer algo diferente a lo habitual.

Referencias

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