fotografía en blanco y negro de las plantas de los pies de 4 niños

Introducción

Según las Constelaciones Familiares de Bert Hellinger, en todo sistema humano, en toda familia, existe una serie de principios o reglas de cuya transgresión se derivan las disfunciones que aparecen en los mismos, es decir, el sufrimiento humano. De modo que, en gran medida, el bienestar y la salud de la familia y, por ende, de uno mismo, depende del respeto de estas reglas o leyes que organizan el sistema familiar.

A estas reglas las ha denominado los Órdenes del Amor y son, según él, las que definen las condiciones a tener en cuenta para conseguir que el amor crezca en todas las relaciones y prospere sin impedimentos. Del respeto a estas leyes que organizan un sistema depende el bienestar del mismo y de los miembros que lo integran. ¿Cuáles son estas leyes?

 

Leyes que organizan un sistema familiar

 

Primera ley: Ley de la Pertenencia

La primera ley se denomina Ley de la Pertenencia. Se resume la esencia de este principio en el hecho de que el todo, el sistema, no tolera la exclusión de las partes, de ninguno de sus miembros. Su bienestar radica en la inclusión de cada uno de ellos. Así, cuando un miembro de la familia queda excluido, olvidado o despreciado, imaginemos un hermano que ha sido repudiado por los padres por ser gay, por algún problema de adicción, por pertenecer a una religión distinta etc. el sistema familiar, el alma de la familia, no lo tolera, porque su máxima es velar por su integridad, y establece mecanismos para corregir esta transgresión.

La consecuencia más inmediata que se deriva de la transgresión de esta norma, de la exclusión de algún miembro, es la elección de algún nuevo miembro del sistema sobre el que, en cierto sentido, se reproducirá la dinámica inconclusa, el conflicto, como forma de sanar la situación, de cerrar la herida.

 

Segunda ley: Ley de la Jerarquía

Señala que hay un orden en la familia a través del cual todas y cada una de las personas que están inmersas en un sistema puede recibir respeto y reconocimiento. En la medida en que todos los integrantes del grupo respeten el criterio de antigüedad en el clan, el respeto a los ancianos, a los padres, a los hermanos mayores etc., se garantiza el reconocimiento personal, pues todos pasaremos en algún momento por esa posición.

Es una norma que vela de nuevo por el bien general del sistema como la mejor forma de conseguir el bienestar de sus componentes. Si todos respetamos el orden de llegada, todos seremos respetados en igual medida.

Lamentablemente, en una sociedad occidental como la nuestra que está tan orientada a la productividad, las personas mayores han pasado de ser los ancianos sabios del grupo, a ser casi vistos como una carga para la sociedad. Es como si la nueva norma fuera la de “tanto produces, tanto vales”. Perder de vista la importancia de honrar a nuestros ancianos, a los veteranos del grupo, a los llegados antes, es una forma de ir en contra de nosotros mismos, en contra del bien general del grupo, que es, en definitiva, donde reside nuestro propio bienestar.

Así mismo, una gran parte de los problemas que nos encontramos en las consultas de psicoterapia tienen que ver con la transgresión de este principio. Se puede apreciar en muchas de las relaciones conflictivas entre hermanos, en hijos que están realizando las funciones que le corresponde a alguno de los padres, en nuevas familias ensambladas que no encuentran el lugar adecuado para cada uno de los miembros del nuevo sistema.

 

Tercera ley: Ley de compensación adecuada

En un sistema se da una interacción que lo mantiene vivo. Hay un dar y tomar constante, que tiene como fondo el amor. Pero éste no es el mismo para todas las relaciones: en una relación una acción puede expresar el equilibrio y en otra puede romperlo.

Ayudará a entenderlo el concepto de simetría y complementariedad de las relaciones humanas. Por él sabemos que toda relación se puede definir en función de su simetría o complementariedad. Las relaciones simétricas son aquellas caracterizadas por la existencia de una igualdad en los derechos y en las responsabilidades, mientras que las complementarias se definen justamente por lo contrario, por la diferencia de derechos y responsabilidades. Como ejemplo de las primeras tendríamos las relaciones entre dos amigos, o una pareja, etc., mientras que en las segunda encontramos relaciones como la de los padres e hijos, profesores y alumnos, etc.

 

Relaciones complementarias

Mientras que en una relación simétrica es importante mantener un equilibrio entre el dar y el recibir, en una complementaria tratar de encontrar este equilibrio sería perjudicial, pues no se le puede compensar de ninguna forma lo recibido. ¿Qué podremos ofrecer a nuestros padres que iguale la vida que nos han dado? Intentarlo siquiera es una forma de infravalorar el don recibido.

Pero existen formas de “quedar en paz” o de mantener el equilibrio respecto de estos dones recibidos y es, por un lado, como en los casos anteriores, ofrecerlo al sistema, es decir, lo que he recibido de mis padres lo doy ahora a mis hijos. Por otro lado es mostrando la gratitud y el reconocimiento que merecen los dones recibidos.

 

Relaciones simétricas

Pero de la misma forma que tratar de compensar una relación complementaria es una mal movimiento, tratar de llevar una relación simétrica a una complementaria, es un gran error. Muchas parejas, sobre todo mujeres que han crecido al amparo de una sociedad machista y han sido educadas para cuidar a sus parejas casi como a niños, se han volcado tanto en sus parejas y sus hijos olvidándose de sí mismas que, en muchas ocasiones, es tanto lo que estos les deben que al no poder devolver lo entregado optan por infravalorarlo o alejarse.

Estas leyes que acabamos de señalar como los principios que rigen el buen funcionamiento de los sistemas familiares, cumplen con esta función de velar por el bienestar de cada miembro de la colectividad a través de priorizar el bienestar del conjunto, lo cual, lejos de ir en detrimento del bienestar individual, lo potencia en un proceso de mutua retroalimentación.

Autor: Sergio Huguet

 

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