Niño recogiendo conchas junto al mar al atardecer, mientras se ven los padres al fondo

Antes del nacimiento

La crianza comienza, en cierta medida, desde antes del nacimiento. Ya que desde que sabemos que vamos a ser padres/madres, vamos a tener vivencias respecto al nuevo ser que va a nacer y a nuestra relación con él o ella.

Un embarazo puede ser el fruto de una ilusión albergada desde la infancia. O ser una situación con la que nos topamos de repente y que ni nos habíamos planteado. O quizá algo que no deseábamos  que ocurriese. Cada una de estas circunstancias va a influir en que sintamos que la maternidad o paternidad llega en “mi momento perfecto”. O que nos llene de desconcierto. O hacer de éste un momento pésimo en nuestra vida. Por otro lado nuestro entorno puede estar ahí para sostenernos y apoyarnos, o puede desaprobarnos. También podemos enfrentar esta aventura en soledad.

Así, durante este proceso prenatal nos podemos sentir alegres, tristes, preocupados o enojados ante la noticia, o vivir emociones contradictorias. Vamos a albergar proyectos, expectativas, nos imaginaremos como padres y visualizaremos a nuestro hijo/a de esta o de aquella manera. Decidimos el nombre, compramos la primera ropita y la cuna, le hacemos un sitio en la casa… Vamos buscando información acerca del embarazo, del parto, de la lactancia, y vamos tomando nuestras decisiones. En ocasiones coincidimos con nuestra pareja, en otras tendremos que hacer uso del diálogo y la negociación. Lo que puede llevarnos a discusiones más o menos acaloradas. De una o de otra manera la pareja y cada individuo van a vivir un proceso de cambio, ya que hay que dar cabida a otro miembro en nuestras vidas.

Diferentes estilos de la crianza

En nuestra sociedad conviven varios estilos de crianza, cada uno con sus defensores y sus detractores. Para resumirlos brevemente podemos establecer dos polos: los estilos permisivos o empáticos, y los normativos o autoritarios.

Estilos permisivos

Los primeros basados en la comunicación y el entendimiento. Dando gran importancia a los afectos del niño, respetando su ser particular y su proceso, a la empatía, dejándole que descubra e invente según sus propias motivaciones, equivocarse y siendo el niño mismo el artífice de su desarrollo evolutivo en interacción con su medio. Los padres ocuparían un rol de acompañantes afectuosos, estarían atentos a las necesidades del niño y no interferirían demasiado en su juego. El desarrollo de la autonomía del niño sería uno de sus pilares básicos. No hay retos a cumplir ni expectativas a alcanzar, ni hay castigos. Los límites se ponen solo para su propia protección y la de los demás.

Estilos normativos

En el otro polo se encuentra la crianza más normativa. Se trata de construir niños con determinados valores y fomentar el desarrollo de capacidades. La disciplina y el sistema de premios y castigos es uno de sus pilares que permiten moldear su conducta para adecuarla a las expectativas y al modelo en el que los padres se basan. Se da importancia al control de los afectos y a soportar la frustración, se prima el esfuerzo y se centra la atención en las tareas para obtener la versión más excelente y capacitada de uno mismo y conseguir las metas propuestas. Las relaciones suelen ser más distantes emocionalmente, no se presta tanta atención a los deseos de los pequeños. Hay normas claras de comportamiento.

Nuestro propio estilo

El estilo de crianza no es algo elegido conscientemente, aunque tendamos a creer que sí. Sino que podemos decir que ya está en nosotros desde bien pequeños. Nuestro estilo de crianza tiene que ver con nuestra manera de ver y entender el mundo, es un posicionamiento implícito ante la vida, y suele tener sus cimientos en nuestra infancia.

Podemos criar a nuestros hijos basándonos en la manera en la que hemos sido criados o exactamente en la contraria. Es decir, por imitación o por oposición. Ambas  formas tendrían poco de elaboración propia y se basarían poco en la toma de consciencia. Son formas más reactivas.

También existen formas más elaboradas y conscientes, basadas, por una parte, en la aceptación de aquello que nos sirvió de apoyo en nuestro desarrollo. Por otra en hacernos conscientes de las carencias que tuvimos para tratar de compensarlas. A la vez que incorporamos tanto las experiencias que nos han ido cambiando como los conocimientos que hemos ido adquiriendo.

Y nos topamos con la realidad

 “Antes de casarme tenía seis teorías sobre el modo de educar a los niños. Ahora tengo seis hijos y ninguna teoría”. Esta frase que escribió John Wilmot en el siglo XVII resume muy bien lo que deseo expresar.

Ya que llega un día en el que, “de repente”, somos padres. Así sin más, sin manual de instrucciones, sin experiencia previa y con una carga importante de responsabilidad. Además, normalmente nos vemos rodeados de una legión de “expertos” sin pelos en la lengua que están “convencidos” de qué es lo que tendríamos que hacer, ya que lo que hacemos no es “lo correcto”.

La realidad nos pone en una situación repleta de condicionantes, de estrecheces y de posibilidades de elección que no habíamos tomado en cuenta cuando estábamos en la cómoda posición del observador. A cada momento vamos a tener que tomar decisiones con los recursos que contamos en ese momento, y hacemos lo que sabemos y podemos. Luego, a posteriori, quizá tengamos un momento para reflexionar sobre lo ocurrido.

Por otra parte tendremos que adaptar las expectativas que teníamos de nuestro hijo y de nosotros como padres a lo que nos vamos encontrando.

Además, cada miembro de la pareja tendrá su propio estilo y su propia forma de hacer, por lo que tendrán que llegar a acuerdos más o menos explícitos sobre cómo poner en práctica la crianza.

Por lo tanto no siempre pueden ir de la mano el estilo de crianza defendido y la realidad, que nos hace vivir experiencias que a veces nos sobrepasan.

La crianza es implicación

Criar a nuestro hijo va a ser un acto en el que nos vamos a implicar con todo nuestro ser. No es algo únicamente mental, no es la aplicación de un programa pedagógico o de una determinada ideología. Sino que se pondrán en juego nuestros intereses y deseos más profundos, nuestros anhelos, nuestros temores y nuestros bloqueos. Ser padres nos pone a prueba, nos coloca en muchas ocasiones en el límite de lo conocido, mental y emocionalmente. Hace que nos descubramos a nosotros mismos, que nos conozcamos más. Y sin duda nos hace crecer, ya que nos coloca en circunstancias nunca antes vividas.

Lo importante de la crianza

Lo importante de la crianza para mí, como psicólogo y como padre, es abrir los ojos. Esto es, ser conscientes de lo que hacemos, de lo que sentimos y deseamos, y de lo que pensamos en cada momento. Y de que esto no sólo nos afecta a nosotros, sino que también afecta a las personas de nuestro alrededor, les impacta de alguna manera.

Si además todo eso es coherente entre sí, nos proporcionará una sensación de satisfacción, de entereza y de confianza para seguir avanzando y aprendiendo en este difícil y apasionante camino de la maternidad/paternidad.

Autor: Paco Giner

Padre

Psicólogo

Terapeuta Gestalt

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