Introducción

El narcisismo y la depresión. Imagínate colgando de un árbol boca abajo, pies y manos, ambos atados, inmóviles… sin poder siquiera albergar la esperanza de salir de esa posición.

Cómo es posible ver la realidad de nuestra vida si todo lo que aparece lo juzgamos solo de una u otra forma. Como si la paleta de la artista tuviese solo dos colores y ninguno más.

Desde semejante situación de partida, construir nuestras propias reacciones afectivas ante las experiencias que vamos viviendo, sin filtros neuróticos, se presenta como una titánica tarea.

 

Del triunfo…

Cuando conecto con la parte especial y distinguida de la idea que he hecho de mí misma, cualquier tropiezo toma el nombre de fracaso y sufro profundamente por no ser lo que se esperaba de mí o lo que ahora yo espero de mí. Los demás están un escalón por debajo de donde yo piso. Yo y mi potencial brillan más que el de todos ellos. Y sin embargo la realidad no me devuelve este reflejo. Sufro porque esta idealización no corresponde con lo que ocurre en mi vida. Me siento aislada, como separada del mundo y no comprendida. Esperando ese gran momento en el que llegará mi triunfo y todos estarán allí para admirarme y aplaudirme. Para reconocer lo maravillosa y triunfadora que soy.

 

…a la desconexión

Pero esto nunca ocurre. Afortunadamente para algunos de nosotros. Y entonces me deprimo.

Cuando me deprimo me desconecto, pierdo el interés por la vida, por el otro, por mi entorno.

Parece como si la vida fuese una película en blanco y negro, los colores ya no brillan, casi todo lo que miro es opaco, poco claro, sin gracia.

Cuando me deprimo los sentidos existenciales que había construido hasta el momento, mi plan de vida, aquellas motivaciones que me movían, pierden todo su sentido. Ya no tengo ganas, ya no quiero, ya no deseo, casi ya no siento. Es como si estuviese anestesiada. Nada me toca, nada ni nadie llega a mí. Estoy sola, solo, como cuando líneas arriba me creía espléndida, solo que en este estado de depresión se suma un paisaje oscuro y catastrófico. No siento casi impactos de la vida, como si nada me afectara.

Cuando me deprimo es como si en los momentos de silencio pudiese caer infinitamente hacia el vacío que me habita. Nunca dejo de caer, es como si todo el tiempo que estoy en el estado de ánimo deprimido viviese cada experiencia en un continuo caer hacia un pozo interior del cual tampoco veo el fondo. No hago más que caer dentro de mí misma y en esa continua caída libre hago como si estuviese viva.

Si me identifico con ese estado y creo que nada vale la pena, he perdido la partida. Las pocas salidas que tenía en vista se esfuman, se desvanecen y allí me quedo, en la nada, en una aguda soledad desesperanzadora.

 

¿Y cómo puedo salir?

¿Y qué puedo hacer desde un lugar tan sombrío y trágico? ¿Cómo puedo salir si ni quiera consigo conectar con el deseo de salir?

El cerebro tiene momentos de lucidez y parece que a veces me envía pensamientos de que los estados de ánimo son pasajeros. Son pensamientos fugaces, pero me salvan muchas veces.

Estos estados de ánimo están ampliamente relacionados con la química que circula por el interior de mi sistema nervioso. Y quizá ahora mismo me siento atrapada o bloqueada y no puedo hacer nada en el plano del deseo y la motivación, pero sí en el plano de la comprensión.

Para comprender necesito aceptar que una realidad construida desde un modo existencial deprimido o narcisista evidentemente NO me nutrirá de la energía que necesito para vivir y habitar cada situación de mi vida con entusiasmo y deseo.

Entonces allí quizá tenga una oportunidad de crear una puerta de salida que antes no existía. El movimiento, el ofrecerle a mi cerebro lugares donde no hay nada que pensar pero sí mucho por mirar. Movimiento, una caminata que puede ser en un principio por dentro de mi misma casa. Un cerrar los ojos y atender a mi respiración y darme cuenta de cómo está siendo en este momento, observarla así sea solo dos minutos. Un tumbarme en la cama de forma diferente a la de siempre y estirarme como hacen los felinos.

Es verdad que esta última parte se parece a la receta universal que solía sugerirse a las personas que atravesaban episodios depresivos. Se daba mientras se sostenía una sonrisa acartonada que pretendía inocular esperanza. Las clases de aeróbic para animar a las personas sin deseos de vivir. Paradójico recomendar movimiento a alguien que lo que menos le apetece es realizar el mínimo esfuerzo.

Entonces bien, descartemos estas opciones. ¿Qué podríamos hacer? Ya estar leyendo este texto es un pequeño paso hacia la comprensión, hacia el entendimiento de estados de ánimo que nuestro cerebro gestiona de manera que no deseamos conectar ni movernos. Confío en que concentrarme lo que me ha llevado este texto me permitirá ir viendo otras posibilidades.

Salir de estos filtros narcisistas y depresivos, como menciono líneas más arriba, requiere constancia, tropiezos, vueltas atrás y volver a empezar.

 

Construir un puente que llegue al otro, que alcance otra posible realidad

La imagen que tengo es como construir un puente colgante entre dos partes de una zona montañosa. Separadas por un abismo. ¿Te imaginas como sería comenzar a construir un puente de esta clase? ¿Cómo elaborar un anclaje al otro lado para poder atar en él, sujetar a él la primera cuerda que será el principio de este puente?

Y luego poco a poco ir sorteando todo el peligro que conlleva construir un puente de este tipo de forma artesanal, cuerda a cuerda uniendo, tejiendo.

Y de pronto cuando ya casi tienes una línea de cuerda firme para poder arriesgarte a pasar al otro lado y continuar descubriendo que hay más allá, todo lo tejido se deshilacha y en cuestión de segundos te vuelves a encontrar en el lado de la montaña en el que habías empezado.

Con todas las cuerdas cortadas en tu mano y luchando por sujetarte a ellas para subir a la cima y al menos llegar al punto de partida y VOLVER A EMPEZAR. ¿DÓNDE ENCONTRAR LOS DESEOS DE VOLVER A TEJER, DESPUES DE TAMAÑO FRACASO?

Quizá en el darnos cuenta que alguna vez fuimos capaces de llegar al otro lado, aunque haya sido solo por una cuestión de segundos y tal vez ahora toca reposar y dejarnos estar en el tristeza de lo perdido, de lo no alcanzado y esperar a que la confianza vuelva a aparecer en nosotros en forma de deseo.

 

Una certeza…

No tengo una receta mágica, confieso que hay momentos de mi vida y experiencias con personas en los cuales deliro con la fantasía de tener superpoderes o una humilde varita mágica. Pero lo único que tengo es una certeza. Solo sé que siempre acaba apareciendo esa energía deseante, como tengo la certeza de que esta tarde cuando ya no vea el sol veré la luna, es una creencia cierta en mí y minúscula en un primer momento. Vulnerable a cualquier pensamiento descalificador o trágico, pero existe. La he visto, la siento y me reencuentro con ella intermitentemente.

Con el paso del tiempo he aprendido a esperar. He descubierto en la paciencia de la inmovilidad una aliada que me anima a observar las pequeñas cosas que hay en esas esperas. Y aunque  sienta que no tengo demasiada influencia en esos momentos, ser al menos amable conmigo me permite ahorrarme parte del sufrimiento.

La soledad habita paradójicamente estos dos lugares, lo perfecto y lo desafortunado. Lo excepcionalmente bello y lo trágicamente esperpéntico.

 

…a tu lado

Me gustaría poder cerrar este texto con alguna clave reveladora y otra vez me vuelvo a encontrar en ese deseo de ser especial e inalcanzable para ti.

Esta no es mi verdad. Siento que sólo necesito llegar a ti y con solo sentir dentro de mí el interés por saber quién estás siendo y qué estás sintiendo, ya tengo esa puerta de salida y hasta quizá una manera de liberar mis manos para hacer lo que deseo y mis pies para caminar algún tramo a tu lado.

Rocío Crespo

Psicóloga en Valencia

Terapeuta Gestalt

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